Salud: Desde dentro y desde fuera

24 de Noviembre del 2017
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Cuánto llevamos diciendo “Los paradigmas sobre la salud están determinados por el momento histórico y suelen oscilar entre alternativas a veces desmesuradas”. Si analizamos dos grandes paradigmas de salud en el siglo XX, descubriremos que mudaron su obsesión del exterior al interior del organismo de manera quizás un tanto radical. Y, como ya sabían los griegos, la radicalidad suele ser signo de error y desequlibrio, pues los justos medios son la clave del florecimiento.

 

El siglo XX comienza con el paradigma infeccioso. La microbiología se complejiza a un ritmo vertiginoso, pasando de descubrir organismos diminutos —pero aun visibles en el microscopio— como las bacterias, al hallazgo de seres ínfimos de máxima relevancia a nivel patológico como los virus. La comprensión de los mecanismos de infección y contagio determinaron las políticas de salud pública, y el descubrimiento de vacunas y antibióticos permitió que la esperanza de vida mundial pasara de 31 años en 1900 a más de 71 años en 2014. El paradigma de gran parte del siglo XX fue, por tanto, infeccioso y exterior: las enfermedades se originan y se tratan desde afuera.

 

De manera paralela, la genética irrumpía en las ciencias biomédicas y, con el paso de los años, su influjo se hizo sentir en todas las dimensiones humanas. Con ella comenzamos a comprender enfermedades como la fibrosis quística, el daltonismo y la hemofilia —que derivan por completo de la genética— pero, también, empezamos a aplicarla poco a poco a estudios diversos como la antropología de la violencia, la etiología de la obesidad o la sociología histórica. El paradigma de la segunda mitad del siglo XX fue por tanto genético e interior: el centro de gravedad patológico está en la información genética situada en lo más profundo del individuo.

 

Ambos paradigmas son fundamentales en la historia de la salud y los teóricos que los desarrollaron lo hicieron con pericia y no llevaron sus consecuencias al desequilibrio. Pero, desgraciadamente, algunos públicos que tragan entero y en demasía hicieron —o hacen— caso omiso de una u otra cara de la moneda, pretendiendo que solo lo infeccioso —o lo exterior— o solo lo genético —o lo interior— determinan nuestra salud. Algunos casos límite nos permiten negar estas dos falsedades especulares.

 

Consideremos, por ejemplo, el tema de la obesidad. En  la Semana de la Nutrición Inteligente 2017, la investigadora Claudia Velásquez relató su análisis del rol de los hábitos de vida en la epidemia de obesidad en jóvenes medellinenses. Siendo nuestros genes casi los mismos que los de nuestros ancestros, ¿cómo explicar solo desde la genética el aumento de las tasas de obesidad? Los genes juegan un rol en este asunto, sin duda, como en cualquier otro, pero, ¿hasta dónde no son también nuestros hábitos los responsables de nuestro estado de salud?

 

Similarmente, hoy día asociamos la aparición de gastritis con la infección por H. pylori en el estómago, pero la presencia de esta bacteria no garantiza la aparición de síntomas de gastritis. Así, los investigadores se han visto obligados a retomar una hipótesis que creían obsoleta —la que liga estrés y gastritis— para complementar lo que la genética no consigue explicar por completo.

 

El resultado es que ya comprendemos que hay un juego multifactorial en la aparición de la enfermedad, que comprende no solo lo biomédico —incluyendo lo infeccioso-exterior y lo genético-interior— sino también lo social y lo cultural. La oposición interno-externo se vio superada entonces a dos niveles. 1.) En la fisiología entran en juego el exterior y el interior, y ni la genética ni la infectología bastan para explicar por completo la mayor parte de las enfermedades. 2) Lo biológico tampoco basta para explicarlas, pues el ambiente, la psicología y las relaciones sociales determinan en gran medida la aparición y la evolución de los procesos de enfermedad.

 

Teniendo esto en cuenta, esta edición de Vida y Salud está enfocada en tres de los elementos más determinantes para la salud y el bienestar que, no siendo observables con microscopios, pueden parecer menos urgentes o científicos: innovación, educación y medio ambiente. La innovación nos obliga a reconsiderar opciones para progresar y mejorar; la educación garantiza que el conocimiento se difunda generando bienestar e instruyendo sobre el cuidado; y el medio ambiente es ese espacio que nos nutre o intoxica según el cuidado que le demos.

 











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