Enfrentando los retos del presente desde una Ética de las Virtudes.

14 de Agosto del 2017
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Por: Natalia Vásquez, candidata a maestría en filosofía UdeA.

 

Los desafíos del presente exigen conjugar la sabiduría ancestral con las experiencias actuales. Las crisis sociales y medioambientales de la actualidad demandan adaptar algunas éticas clásicas a los problemas contemporáneos.

 

Hoy día, los términos “virtud” y “vicio” son asociados frecuentemente con restricciones y moralismos anticuados que poco tienen que ver con el culto a la libertad de las sociedades contemporáneas. Sin embargo, una reflexión más detenida sobre ellos puede revelar la influencia que tienen estos términos en nuestras convicciones y juicios más elementales.

 

Difícilmente negaríamos, por ejemplo, que ser una buena persona implica, entre otras cosas, ser honesto o generoso. Igualmente podemos observar cómo padres y  maestros se esfuerzan por inculcar en los niños hábitos como decir la verdad y compartir, y virtudes que los formarán como personas honestas, dignas y responsables.

 

La reflexión sobre las virtudes tiene su origen en la Grecia clásica –aunque también tiene un papel fundamental en tradiciones orientales antiguas– y fue planteada por pensadores como Platón y Aristóteles en sus indagaciones éticas. Su enfoque apuntaba fundamentalmente hacia la pregunta sobre la vida buena y las condiciones que se necesitan para realizarla.

 

Con todo, desde la mitad del siglo XX se ha avivado la preocupación por las teorías éticas clásicas para repensar el lugar que tienen las virtudes, los vicios, las emociones y la sabiduría en la vida moral. En este sentido, se puede afirmar que la así llamada ética de las virtudes es al mismo tiempo antigua y contemporánea.

 

El bienestar —la felicidad, el florecimiento— constituyen el fin último de los seres humanos, al menos desde una perspectiva clásica, aunque ésta haya adquirido distintos significados a lo largo de la historia entre los que destacan, por ejemplo, una vida conforme a la razón, o libre de dolor y angustia.

 

La noción de virtud es central a esta concepción de la ética. ¿Pero, cómo puede entenderse la virtud? En primer lugar habría que decir que se trata de un hábito, de una disposición a actuar con excelencia en circunstancias específicas. Pero, más allá de eso, ser virtuoso alude a un modo de ser: a actuar de una manera,  experimentar ciertas emociones en lugar de otras, sentir satisfacción con respecto a algunas situaciones y repulsión frente a sus opuestos.

 

Así, cuando describimos a una persona como honesta, pensamos en alguien que tiende a evitar hechos deshonestos y a hacer acciones honestas, sin mayores dificultades ni vacilaciones.  Igualmente pensamos en alguien que tiende a corregir cualquier falsa opinión ocasionada a su favor. De una persona honesta esperamos, por ejemplo, que desapruebe y deplore la deshonestidad y admire la honestidad; que evada a personas deshonestas; y que, en la medida de lo posible, busque estar con personas honestas. Una persona honesta, además, defenderá ideales de verdad y honestidad en contextos relevantes; reprochará la deshonestidad de personas cercanas; y contará con cierta agudeza para identificar actitudes y personas deshonestas.

 

Pero, además, la virtud, en tanto que hábito integrado en el modo de ser de una persona, no es algo que se logra de un día para otro, ni por el simple conocimiento  de la naturaleza de la virtud. Antes bien, se trata de una característica que debe ser formada desde la juventud a través de la práctica y la educación, y cuya principal guía es el ejemplo de las personas que se consideran virtuosas. Así, si bien un joven, debido a su falta de experiencia, no puede siempre considerarse una persona virtuosa, sí que puede orientar sus acciones a partir del ejemplo y los consejos de personas maduras. En consecuencia, desde la perspectiva de la ética de las virtudes, el hábito y la educación hacen posible que actuar bien se incorpore progresivamente en el modo de ser de los sujetos, convirtiéndose con el tiempo en una parte fundamental de la vida buena.

 

Resumiendo, una definición tradicional de la virtud la concibe como un punto medio entre el exceso y la carencia, ejercido de manera sostenida con el paso del tiempo y acompañado de placer.  Por ejemplo: una persona trata de impresionar a alguien con un regalo costoso que pone en riesgo su bienestar o el de sus seres queridos. ¿Podría sugerirse que el despilfarro lleva a la buena vida? Claro que no. Y, de otra parte, quien se aferra a sus pertenencias, rehusándose a contribuir al bien común, resulta avaro y su conducta sostenida en el tiempo desgasta los lazos comunitarios. Solo quien da desinteresadamente y en la justa medida de sus posibilidades, convirtiendo día a día sus acciones buenas en hábitos placenteros, alcanza la virtud de la generosidad.

 

La adolescencia —período crítico por sus oportunidades formativas y por los riesgos que implica—, hace que los que la atraviesan dependan del buen ejemplo y de las enseñanzas de sus mayores para encaminarse por la senda que desemboca en el florecimiento. Algunas de las virtudes que requerimos cultivar con mayor urgencia en ellos son las siguientes:

 

Virtudes tradicionales

 

  • Valentía

A mitad de camino entre la temeridad y la cobardía, esta virtud hace posible que no nos expongamos a riesgos innecesarios y que, por miedo, no nos perdamos experiencias decisivas para nuestra formación. Tiene valores asociados como la audacia —que nos ayuda a decidirnos a emprender proyectos—,  la entereza —que implica realizar acciones dignamente— y la perseverancia ante la adversidad.

 

  • Templanza

Se sitúa entre el hedonismo —la tendencia a buscar el mayor placer posible— y la abnegación. Es importante puesto que, siendo seres que gozamos por naturaleza con el placer, debe moderar nuestros instintos y encaminarlos por sendas constructivas. Simultáneamente, debe garantizar que no olvidemos nuestro propio bienestar a costa del otro, pues solo estando bien nosotros mismos podremos desbordarnos en provecho de los demás.

 

  • Honestidad

Articula los deseos de provecho propio con la sinceridad y el altruismo que nos permiten construir juntos un mundo mejor. La verdadera honestidad debe ser placentera y desembocar en un carácter firme que no actúe bien por mera conveniencia —sea para sí mismo o para sus seres queridos—, sino por el hecho de saber que actuando con asertividad y sinceridad desarrollamos los cimientos de una sociedad más justa para todos.

 

  • Generosidad

Cabalga entre la avaricia y el despilfarro, evitando esta dupla de perniciosos desequilibrios. Está íntimamente asociada a la justicia y la equidad, pues se preocupa por el florecimiento conjunto y la ayuda al otro, sin por esto desdeñar la preocupación por el propio bienestar. Es especialmente urgente en nuestro siglo matizado simultáneamente por la riqueza extrema y la inopia.

 

  • Sabiduría

Conjuga el deseo natural por el conocimiento con su instanciación práctica en el universo de las acciones. Es decir, tiene componentes teóricos que compartimos como comunidad humana basada en la experiencia, que nos permiten aprender de los aciertos y fallos del pasado. Y, a su vez, tiene un componente indisociable de la acción, pues la ética versa sobre el dominio práctico donde nos interrelacionamos para construir la comunidad humana.

 

  • Prudencia

Esta importantísima virtud resume de cierta forma todas las anteriores, hasta el punto de poder considerarla un patrón de juicio de acciones, tendencias y conductas. La prudencia implica tener la capacidad de encontrar los justos medios —que no fallen por exceso ni por defecto— y el conocimiento de los instantes oportunos para desempeñar una acción: ella nos permite juzgar y articular nuestro pensamiento con el contexto que habitamos.

 

Las virtudes y la crisis medioambiental

En los últimos 50 años, hemos confirmado que el modo de vida industrial demanda cuestionar nuestras prácticas cotidianas desde una perspectiva ética: el presente exige considerar al medio ambiente, a los seres que habitan al otro lado del mundo e, incluso, a las generaciones venideras cuando tomamos decisiones que nos afectan a todos.

 

Las virtudes ofrecen un enfoque viable para pensar sobre los desafíos actuales como la globalización, el crecimiento poblacional y la necesidad de mejorar las condiciones de vida y el acceso equitativo a servicios básicos. Ciertamente, estos desafíos no pueden ser satisfechos únicamente a través de acciones individuales, pero pensar el equilibrio medioambiental como un elemento necesario para el florecimiento personal permitiría implementar transformaciones en el estilo de vida compatibles con las preocupaciones ecológicas: el temor y el provecho político y económico son factores que se quedan cortos para enfrentar los retos actuales.

 

Algunas virtudes tradicionales como la prudencia y la templanza pueden ser reinterpretadas a la luz de los problemas ecológicos actuales. Pero también podría pensarse en la formulación de nuevas virtudes que respondan explícitamente a la situación medioambiental, como las que resumimos aquí.

 

Virtudes verdes

 

  • Asombro:

Aunque en principio se trata más de una emoción que de un modo de ser, el asombro, orientado a razones, objetos y situaciones específicos puede considerarse una rasgo del carácter. Involucra una respuesta estética frente a la sublimidad de la naturaleza, su orden y sus procesos, así como una suerte de agradecimiento con respecto a su abundancia y las posibilidades que nos ofrece.

 

  • Correcta concepción de la naturaleza:

Consiste en el reconocimiento de la naturaleza como algo más que una fuente de recursos que cuidamos por interés. Esta virtud exige un proceso educativo desde la infancia, a través del cual se adoptan razones desinteresadas para actuar en beneficio de la preservación.

 

  • Humildad:

Es una virtud antigua que, pensada en relación con el medioambiente, supone que la indiferencia frente a los desastres provocados por los seres humanos refleja al mismo tiempo ignorancia, orgullo y arrogancia. La humildad permite sopesar adecuadamente los intereses utilitaristas y nuestra condición ambivalente como parte de la naturaleza y como seres capaces de modificarla, cuando no dominarla.

 

  • Conciencia:

Involucra la comprensión y claridad sobre las acciones destructivas del medio ambiente y sus implicaciones próximas y remotas, espacial y temporalmente. Por esta razón, conduce a la modificación de prácticas ecológicamente perniciosas. Incluye, por lo tanto, una capacidad de ver más allá de las consecuencias inmediatas de nuestros actos.

 

 











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