Belleza y función: Una falsa oposición

18 de Octubre del 2017
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Según a quién cuestionemos, la belleza de los dientes es una prioridad clínica o una manifestación de la vanidad humana. La historia reciente ha afianzado esta dicotomía, pero en la actualidad debemos ser conscientes de que, más que oponerse entre sí, la belleza y la funcionalidad deben ir de la mano.

 

Por: Vida y Salud


Existe una tendencia humana a asociar belleza y salud, aunque por desviaciones en este asunto terminemos por justificar desequilibrios y procedimientos que ponen en riesgo la segunda en favor de la primera. Éste es el caso de la estética dental: si bien en múltiples ocasiones actúa mano a mano con la salud y la funcionalidad, en muchos casos termina por comprometer la integridad de los tejidos bucales en favor de la vanidad. En la estética dental se encuentran —no siempre de manera armoniosa— la belleza, la salud y la economía.

El auge de la odontología estética

Los avances más relevantes para el presente de la estética dental comenzaron en la década de 1980, cuando se inaugura lo que hoy día denominamos la “edad de la odontología cosmética”. Los descubrimientos de este período correspondieron a la posibilidad de utilizar materiales de restauración que se adherían al esmalte dental como estrategias de reparación tisular, y fueron seguidos a los pocos años por técnicas de blanqueamiento dental para intervenir manchas y otros problemas estéticos a nivel dental. La idea, en un principio, era restaurar la salud oral mediante procedimientos que simularan o recuperaran la apariencia de una dentadura sana.

 

En un comienzo, los odontólogos entendieron estos procedimientos como una suerte de odontología menor, enfocada únicamente en la apariencia y despreocupada por asuntos más relevantes como la salud. A pesar de que la odontología había inaugurado una nueva área de acción, que trascendía el tratamiento de las caries y los problemas de encías, el gremio continuaba considerando su profesión como un asunto primordialmente clínico que perdía status al preocuparse por lo estético.

 

 

Es tan censurable preocuparse solo por la apariencia a costa de la funcionalidad como desdeñar las cuestiones de belleza por su factible relación con la vanidad.

 

 

Sin embargo, en la década de 1990, el “negocio cosmético” fue ganando adeptos entre el público que empezó a solicitar servicios de embellecimiento con mayor frecuencia. La regulación de los servicios odontológicos privados fue entonces efectuada por la mayor demanda de procesos enfocados en la apariencia y terminó creando hordas de consultorios odontológicos que proveían técnicas de cuidado estético para los dientes. Mientras en los años 80 los dentistas desdeñaban las labores estéticas como denigraciones de su trabajo clínico, cercano al de los médicos, en los años 90  la preocupación por la apariencia y la rentabilidad fue convirtiendo sus prácticas en servicios cada vez más enfocados en la restauración estética.

 

La popularización de los procedimientos estéticos

El proceso continuó por esta línea hasta la crisis económica de 2007. Alrededor de este año, y por la difícil coyuntura económica, el negocio de proveer servicios estéticos, pagados del bolsillo del paciente, decreció considerablemente a nivel mundial. Este proceso se sintió con más fuerza en países donde los servicios estéticos eran más costosos que en el nuestro, donde siempre han sido relativamente asequibles y financiados para gran parte de la población.

 

De cara a la aguda crisis financiera, las poblaciones globales revirtieron sus enfoques hacia el cuidado de su salud —financiado en gran medida por los sistemas de salud nacionales— y las consultas odontológicas respondieron a esta situación de dos maneras: en primera instancia retornando al enfoque clínico de cuidado de la salud por encima de las preocupaciones estéticas —que siguieron teniendo una fuerte participación en el mercado de las clases medias y altas—; y en segundo lugar mediante una democratización de los servicios estéticos desde la mayor accesibilidad económica a ellos.

 

El resultado de estos procesos —que inicialmente afianzaron la fijación estética, y posteriormente, por necesidad, la popularizaron— desembocó en la creciente obsesión por la apariencia dental en el presente. Este fenómeno se siente con mayor fuerza en países como el nuestro, donde los costos relativamente bajos de procesos como el blanqueamiento dental y el diseño de sonrisa han hecho que grandes segmentos poblacionales recurran a ellos.

 

De manera análoga, con el tiempo, las personas que recurrimos a servicios estéticos hemos descubierto que las intervenciones que benefician la apariencia pueden ser también relevantes para el mejoramiento de la salud bucal. Por ejemplo, algunos trabajos de realineación dental redundan en mejores posibilidades de higiene bucal y de prevención del desgaste de los dientes por posiciones atípicas de los mismos. Además, el mero hecho de acudir a consulta odontológica para revisiones periódicas de procesos estéticos puede ser una oportunidad para detectar fallas funcionales o de salud de los tejidos bucales.

 

El juicio final: Estética más salud

Lo importante en cada caso de intervención estética es sopesar adecuadamente sus riesgos y beneficios, y constatar que las prácticas de promoción de la salud bucal no estén siendo ignoradas en favor de enfoques terapéuticos. Sobre lo primero es relevante mencionar que las predilecciones de las personas pueden ser directamente opuestas a las recomendaciones de los odontólogos, tanto a nivel estético como funcional: existen pacientes que buscan intervenciones excéntricas en su dentadura, como por ejemplo, cierto grado de elongación o acortamiento de los dientes, que es mayor del que requiere la funcionalidad y puede llegar a comprometerla, sin por esto dar una apariencia agradable; y, respecto del segundo ítem, las personas que se preocupan únicamente por la apariencia pueden solicitar blanqueamientos dentales repetidos, a pesar de padecer caries y gingivitis que señalan sus descuidos en materia de higiene.

 

El paradigma actual debe, por tanto, reconsiderar sus concepciones primarias sobre la oposición entre estética y salud dental, recuperando la noción de que la belleza y el bienestar deben ir de la mano. La ampliación de este paradigma exhorta simultáneamente a recuperar ambas caras de la moneda: es tan censurable preocuparse solo por la apariencia a costa de la funcionalidad como desdeñar las cuestiones de belleza por su factible relación con la vanidad.

 

Con base en lo hasta ahora referido, podría pensarse que esta aguda lid entre la estética y la función puede ser saldada mediante una conciliación entre extremos aparentes. Pero, a lo anterior, se suma la cuestión económica que, al igual que en el ramo de la cirugía plástica del resto del cuerpo, puede generar riesgos graves cuando, por ahorrar unos pesos, se recurre a un profesional poco calificado, o incluso a técnicas caseras o llevadas a cabo por “teguas” odontológicos que pueden agravar el estado de salud de las personas.

 

En conclusión, la intervención estética de los dientes se ha convertido, con el tiempo, en un proceso seguro, siempre y cuando sea llevado a cabo por profesionales responsables y calificados que den una orientación precisa y oportuna que logre equilibrar las necesidades estéticas del paciente con las recomendaciones de salud del profesional. La clave radica en generar una mayor educación en el público para que tenga clara sus prioridades y no desdeñe el cuidado de su salud por asuntos de superficialidad. En últimas, lo que necesitamos es fortalecer la ética de los procedimientos estéticos desde dos frentes: uno personal, donde las personas cuiden de sí mismas efectivamente y dando prioridad a su salud; y otro profesional, donde el ánimo de lucro no obnubile a los dentistas, llevándolos a efectuar procedimientos innecesarios.

 

Finalmente, viene al caso recordar dos verdades que conocemos desde tiempo atrás. La primera está en las manos de los ciudadanos y concierne al hecho de que es mejor —y más económico— prevenir que curar: con una adecuada higiene oral y hábitos saludables como no fumar y no excederse en el consumo de café y bebidas con colorantes, podemos reducir la necesidad de blanqueamientos dentales. La segunda, que compete principalmente a los profesionales de la salud bucal, versa sobre la urgencia de fortalecer los programas de tamizaje desde la infancia. De tal manera, será posible detectar anomalías ortodónticas y falencias en la higiene bucal para intervenirlas oportunamente y prevenir complicaciones o procedimientos más complejos.

 

Tips para equilibrar función y belleza dental

Acude a profesionales calificados y de confianza: Ellos garantizarán la seguridad y pertinencia del procedimiento que requieres y podrán asesorarte sobre opciones más seguras, menos invasivas y más responsables. Los “teguas” odontológicos y los consejos de tu vecina pueden causar daños irreparables y costosos.

 

Confía en tu odontólogo calificado: Tus caprichos estéticos pueden poner en riesgo la funcionalidad del sistema bucal. Si tu odontólogo no recomienda un procedimiento, es irresponsable de tu parte querer obtenerlo a toda costa: un buen profesional antepone tu seguridad a un beneficio económico carente de ética.

 

No recurras a cualquier tratamiento solo porque es barato: Muchas intervenciones realizadas por personal no calificado pueden generar problemas serios y costosos a futuro: Asesórate de un profesional calificado y responsable, y evita complicaciones.

 

No recurras a blanqueamientos caseros sin la orientación de un profesional: Los blanqueamientos caseros son seguros cuando son guiados por un odontólogo responsable y cuidadoso. Si lo haces por tu cuenta te expones a excesos que pueden desgastar el esmalte.

 

No caigas en las modas y menos aún en la excentricidad: Algunas tendencias estéticas van en contravía de la salud oral, como el excesivo recorte de dientes. Otras, como los dientes de oro, se vuelven obsoletas rápidamente. La salud es para siempre, las modas van y vienen.

 

Aprende a quererte y valorarte: Entre gustos no hay disgustos, pero si aprendes a apreciar la belleza que existe en las diferencias podrás ser más responsable en tu cuidado. Algunas separaciones entre dientes (diastemas) pueden resaltar tu belleza; de hecho, en algunas culturas son consideradas señales de buena suerte.

 

Visita a tu odontólogo al menos cada seis meses: Los odontólogos no solo curan las dolencias que padeces; también evalúan tu estado actual para prevenir patologías que apenas comienzan y te educan sobre técnicas y hábitos saludables para que te empoderes de tu salud bucal.

 

Tu belleza y tu salud están en tus manos: Recuerda que la mejor estrategia para cuidar de tu dentadura es tener hábitos saludables de higiene oral. Cepíllate después de cada comida y utiliza seda dental frecuentemente. Es fácil, económico y da los mejores resultados.











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